Entre mierdas, carajeadas y puteadas no sé cómo explicar mi mala suerte. Roberta, o, ‘Beta, la de las ricas tetas’, como a escondidas la llaman sus amigos (cariñosos amigos, por cierto), es una señora de unos cuarenta y alguito más de edad. Yo solo la llamo señora Roberta, con mucho respeto. Siempre para arrecha la Beta, me dijo mi vecino, el italiano Thomas Donadel, su más afiebrado pretendiente. La señora Roberta usa pantalones ajustados, muy a la moda, minifaldas súper cortas que demuestran que por aquellas piernas voluminosas no pasaron los años, politos de escotes bárbaros que llaman a la imaginación, y que, por supuesto dieron origen a su apelativo ‘Beta, la de las ricas tetas’. Además, se pone mucho, muchísimo maquillaje. En mi opinión, eh, bueno, es buena gente. Ayuda económicamente a un albergue con una muy buena cantidad. No sé de dónde coño saca tanto dinero. No creo que las ganancias de su lencería sean millonarias. Las señoras del barrio, muy arrechas también, por e...
Voy a contarles algunas historias, de esas que no se deberían contar. Voy a escribir lo que dicte el insomnio, lo que susurre el café y lo que inspire la luz de la Luna.