Un día se acaba el azúcar, otro día se acaba la sal. Porque todo se acaba como la vida se nos va. Y pasan los días y nuestro tiempo se extingue como una vela que se reemplaza por focos led.
¿Pero cuándo se encendió la vela?¿Cuándo comenzó todo? Todo comenzó cuando no lo sabíamos. Ni siquiera advertimos el motivo por el cual de pronto salimos de un vientre a ver la luz. Éramos inocentes cuando fuimos expulsados al mundo de los mortales a descubrir nada. De pronto aparecimos aquí, sobre el globo. Pero tan pronto como estuvimos aquí, la vida ya nos adelantaba que esto no sería fácil. ¿Tienes hambre? Llora y llora. Arréglatelas sin saber hablar. Que los adultos adivinen si es hambre, sueño o el pañal. Pero éramos apenas unos principiantes en este mundo como para comprender que era una lección de la vida, de lo jodida que podría resultar todos los años que se nos vendrían.
Pero, ¿Cuándo nos damos cuenta que comenzó esto? Tal vez ni nos hemos dado cuenta que comenzó. Tal vez recién nos demos cuenta que en algún momento hubo un principio cuando estemos cerca al final. Cuando la llama esté a escasos milímetros del final del cerillo. Y tal vez la llama se va apagando justo en el momento en el que quisieras arder más, en el preciso momento en que sabes dominar el fuego y quisieras brillar. Pero no hay marcha atrás.
Pero, ¿Cuándo se apaga la vela?. Tal vez solo lo sepamos cuando esté a punto de apagarse. Pero tengo la sospecha que se apaga cuando los sueños no brillan, cuando los sueños se desvanecen, cuando las sonrisas se achatan, cuando despiertas con ganas de volver a dormir aunque tus sueños no lo motiven, cuando un lunes quieres que se convierta en domingo, cuando el café lo tomes por costumbre y no lo disfrutes, cuando un beso se convierte en rutina, cuando almuerzas lo que hay y no lo que se te antoja, cuando respirar es la única opción.
Cuando se apague la vela, ya no hay marcha atrás. Por eso, mientras dure la llama, arde hasta que el mismo diablo envidie tu fuego. Arde con tanto ímpetu que cuando toque apagarse, te des el lujo de lanzarte un último resplandor, como aquellas velas que cuando ya se apagan vuelven a elevar el fuego como un último aliento.
Comentarios
Publicar un comentario